Gabu, mi Ángel de la Guarda

Desde siempre me he sentido identificada con lecturas concernientes a espiritualidad, mi deseo de conocer los matices de mi alma siempre ha sido un punto importante para mí. He indagado el corazón de distintas religiones, en unas me he sentido más identificada que en otras, comparto el sentimiento de búsqueda interior que posee la cultura Budista Tibetana, soy ferviente admiradora de la sabiduría del Dalái lama y aunque esa religión me apasiona porque es tan amplia e interesante soy fiel a los principios y creencias católicas que es la iglesia a la que pertenezco, me llama muchísimo la atención vivirla y comprenderla, no voy a negar me parece un poco complejo entenderla y es que mi religión habla claramente de no emplear la lógica sino simplemente tener fe y esto es suficiente para cualquier católico porque la fe se siente y aunque no tienes garantías de nada simplemente sabes que es cierto y confías plenamente. Eso es lo que siento al pensar en mi ángel de la guarda, no lo he visto pero puedo decir que se ha hecho sentir y que ha hecho su presentación ante mí durante todos estos años.

Este fin de semana escuché un programa de radio, expertos en temas espirituales y conocedores de los ángeles nos brindaron una hora de sus consejos y experiencias sobre el tema; comentaban que debemos estar muy atentos a las señales que nuestros ángeles nos brindan, cuando nos envían un mensaje recurrente es que quieren decirnos algo y llamar nuestra atención.

Este extracto del programa se quedó rondando en mi cabeza los siguientes días, –¿un tema recurrente en mi vida?por supuesto que hay un detalle recurrente y más que evidente: desde el inicio de mis días he contado con la bendición de tener varios y buenos amigos, obviamente unos más cercanos que otros pero un abanico reducido de muy íntimos, a los 5 años conocí a Gabriela, una niña que aunque al principio no fuimos inseparables el tiempo se encargó de hacernos hermanas; cuento con su presencia y cuidados hasta el día de hoy, ella ha sido mi cable a tierra y cuando decido volar muy alto siento como si tuviera una cuerdita atada a mi cintura que es templada por ella para evitar que me pierda.

Crecí, llegó la adolescencia y trajo consigo a la mejor compañera, mi segunda Gabriela con quien viví la época más loca de mi vida, con ella conocí la importancia de la incondicionalidad, no importa lo que pase, mientras estemos juntas, las cosas irán bien y así fue, se nos presentaron miles de adversidades y las sacamos del camino de un solo batazo, al día de hoy es quien apoya y esta pendiente de cada uno de mis pequeños, grandes o escasos logros y me los celebra aún si son inexistentes, es mi vocecita interior que siempre grita, vamos por más y si es divertido mejor.

Mi etapa adulta me tocó vivirla en otra ciudad, lejos de mis Gabrielas, no nos vemos siempre con suerte una o dos veces al año, procuramos hablar seguido y aunque no siempre lo logremos de una u otra manera estamos cerca, cerca como hermanas que la vida ha separado pero que han aprendido el valor de la palabra te quiero, todas las llamadas cierran con estas palabras de afecto y esa es nuestra forma de decir, estoy contigo y estoy pendiente de ti.

Vivir en una ciudad que parece un país distinto no fue sencillo, culturalmente son dos polos opuestos, para empezar ni siquiera entendía lo que las personas decían, mi oído acostumbrado a escuchar un habla parsimoniosa tuvo que adaptarse a escuchar una carretilla que va a 5000 kms/hora la primera vez que me sucedió eso fue cuando recepté un pedido importante de mi jefa, claramente no podía decir que no entendí nada y tuve que apoyarme en mis compañeras del puesto contiguo para que me tradujesen el mensaje, y es que mi jefa si que hablaba rápido y hoy por hoy son las palabras que más escucho y en las cuales confío, – pues sí, mi jefa se llamaba Gabriela – y aunque ya no sea mi jefa los años la convirtieron en mi hermana mayor, ella ha sido sumamente importante en mi vida adulta, me ha formado profesionalmente y es quien vela por ello, siempre guiándome a escalar y ubicándome las mejores oportunidades en el camino, en el ámbito personal es la mano que me sostiene protectoramente y es que no pasa un día sin que las dos nos preocupemos de cómo estamos emocional, física y espiritualmente, es mi familia más cercana, la mamá de los pollitos, sin duda es la testigo de mi vida.

Tengo la suerte de contar con ellas y tranquilamente pudiera andar gritando por la vida tóquenme si pueden, tengo mi batallón.

Reflexionando sobre esto, un nombre tan recurrente e importante en mi vida y que siempre significa, amistad, incondicionalidad y cuidados; contacté vía redes sociales a la presentadora del programa de radio que escuché días atrás, le mencioné lo redactado y sin titubear me indicó que mi Ángel de la Guarda se llama Gabriel o Gabriela. Está de más comentar la alegría que me ha propiciado esta información y lo mucho que ha enriquecido mi lado espiritual.

Desde hoy me dirigiré a mi Ángel como Gabu, hasta descifrar si es “Gabucho” o “Gabucha”.

Tengo pleno conocimiento de la existencia de mi ángel y lo más hermoso es que se me ha presentado durante mis 31 años como mis mejores amigas, ellas son mis ángeles en la tierra.

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