Compleja sencillez

– ¿En qué momento nos volvimos complicados?¿En qué momento dejamos de ver que las cosas realmente son más sencillas de lo que parecen? – Se dice que los años traen sabiduría, pero observo y pienso, cuando éramos tan solo niños se nos hacía mucho más fácil obtener lo que deseábamos y no es que se trate de que alguien lo hacía por nosotros sino que realmente sabíamos lo que queríamos y teníamos el suficiente valor de pedir nuestro deseo sin tanto rodeo y esto no se reducía solamente a cosas materiales, en cuestión  de afectos había una conciencia clara del significado de un te amo y no existían reparos para decirlo; asimismo carecíamos de complejos y estábamos inundados de seguridad, si queríamos algo íbamos por ello.

El otro día, como cada uno de los viernes, acompañé a mi sobrino de cinco años a su restaurant preferido, que lo es no por la comida sino por el juguete que viene al adquirir el combo infantil y es que éste es el ingrediente más importante del menú, de él depende nuestra estancia en el lugar; seguido a ello mientras comemos puede disfrutar de los juegos que se encuentran en el restaurant con una quincena de niños que corren, suben, bajan, nadan sobre pelotas plásticas y todos al unísono gritan no una sino mil veces: mamá mírameeeeee…  para él esta es la hora más esperada, de hecho esta es la razón por la cual sabe los días de la semana y muy muy probablemente sabe hasta deletrear el nombre del lugar. Cada semana vemos los mismos y nuevos rostros, no sabemos el nombre de ninguno pero las caritas frecuentes se llaman “mejor amigo” y las caritas nuevas son “amigos”. Mientras los pequeños juegan y saltan de algarabía los adultos nos encontramos inmersos en el celular, en un libro, en una computadora y de reojo chequeamos que todo esté en orden y pese a que vemos rostros ya familiares cada uno se limita a cruzar las miradas de vez en cuando mientras los niños interactúan en un mundo de fantasía, en un mundo más simple y auténtico, si quieren algo lo consiguen sin más. Ese día nos quedamos hasta el final, hasta que todos los niños se fueron, estábamos por abandonar también el restaurant y entró un niño a los juegos; mi sobrino al ver que ahora tendría compañía quiso quedarse un rato más, se acercó sin recelo alguno y le dijo – hola, ¿quieres ser mi amigo? –  a lo que el pequeño extraño respondió afirmativamente… la reacción fue sonreírnos y gritar – dijo que siiiiiii.

Así de sencillo, no representó problema pedir a alguien que sea su amigo y para el otro tampoco fue nada dificil aceptar, los dos estaban en el mismo lugar y querían jugar, simplemente lo hicieron.

No sé a que edad perdemos la virtud de la sencillez para obtener entre tantas cosas la llamada sabiduría o experiencia, ¿experiencia en complicarnos?, ¿de actuar tras una fachada?, cada segundo que pasa ganamos conocimientos y perdemos la experiencia de ser genuinos y transparentes; nos llenamos de temores que  no nos permiten avanzar, nos hacemos historias falsas producto de nuestra inseguridad y almacenamos en  nuestra cabeza miles de pensamientos que nos frenan y nos distancian de los demás.

Quisiera tener la libertad de actuar con la confianza de un niño, de ver a través de sus ojos y no perder la capacidad de confiar y de sorprenderme con las pequeñas cosas de la vida, que sólo al pasar de los años te das cuenta que esas son realmente las importantes.

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