EL huésped que incomoda

El peso del vació si que es una  carga, es tan inexistente pero a la vez tan presencial, es intangible pero a la vez tan físico y es que los síntomas son molestosos:  el alma se siente hueca, el sonido del silencio se hace escandaloso, el corazón se hace puño y un nudo en la garganta no nos deja tragar – lo juro es físico – y con casi nada se puede calmar.

No hablo de experimentar soledad ni tampoco tristeza porque lo primero no es malo y lo segundo es pasajero; hablo de un sentimiento que cuando llega se aloja en el alma y nos dice que hagamos lo que hagamos no bastará, ¿bastará para que? no lo sabemos tan solo lo sentimos y su presencia es tan imponente que no nos permite razonar, se posa sobre nosotros y promete que no se marchará; mientras más cómodo se pone más hondo cae y ¿cómo le decimos que se vaya, si no podemos ver más allá?  sentimos cómo su peso se ha apropiado de nuestro espacio y nos aplasta sin cesar.

No sé si al alojarse, una parte del vacío siempre queda o así como cuando llega de la misma manera se va; esto no lo sabría descifrar pero cuando lo veo llegar no me queda más que ver de donde me puedo agarrar y no me suelto hasta que este huésped se dé por enterado que no lo quiero ver más.

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